Estas antiguas formas de vida pueden ayudarnos a aprender sobre el pasado, pero ¿es realmente una buena idea descongelarlas?
El permafrost ártico actúa como un almacén frigorífico, preservando la evidencia de la historia de nuestro planeta en condiciones de congelación profunda que, en algunos casos, pueden incluso mantener vivos a los organismos durante decenas de miles de años.
Si bien su descongelación puede ayudar a los científicos a comprender mejor el pasado remoto de la Tierra, también ha suscitado preocupación en los últimos años por la propagación de virus latentes en un mundo desprevenido.
Recientemente, investigadores de la Universidad de Colorado en Boulder, que descongelaron organismos de 40.000 años de antigüedad extraídos de las paredes del Centro de Investigación del Túnel de Permafrost en Alaska, observaron que estos no solo seguían vivos, sino que habían despertado y formado nuevas colonias en tan solo unos meses.
“Estas no son muestras muertas, ni mucho menos”, declaró el autor principal del estudio, Tristan Caro.
Aún son muy capaces de albergar vida robusta capaz de descomponer materia orgánica y liberarla en forma de dióxido de carbono.
Que los organismos se recuperen de esta manera es una cosa, pero el propósito de la investigación es estudiar los efectos de la descongelación espontánea del permafrost debido al aumento de las temperaturas globales.
Con el paso del tiempo, no habrá más remedio que esperar a que estos organismos se descongelen, un proceso que podría plantear sus propios problemas, incluyendo la liberación de más carbono a la atmósfera.
Si bien un escenario similar al visto en el episodio “Hielo” de Expediente X (donde una criatura con forma de gusano infecta a los humanos tras ser descongelada del permafrost) es muy improbable, el riesgo de que algún tipo de patógeno prehistórico dañino surja del hielo definitivamente no es nulo.