Una de las historias que más me ha impactado a lo largo de mi peregrinaje en los fenómenos paranormales es la que me fue compartida por Artemisa Lazcano, una de mis fuentes más confiables y colaboradora recurrente del programa Expreso Paranormal. Se trata de la extraña experiencia vivida por un hombre al que llamaremos Porfirio, cuyo testimonio llegó a través de su nieto.
Porfirio, quien trabajó en un rancho cercano a Las Vigas, en el estado de Veracruz. Fue ahí donde este hombre de campo comenzó a experimentar una serie de sucesos que, con el tiempo, escaparían a toda explicación lógica.
Durante sus recorridos nocturnos para vigilar el ganado, Porfirio empezó a percibir presencias extrañas: zancadas pesadas que parecían seguirlo, pasos que crujían detrás de él, como si algo —o alguien— acechara desde la espesura. Al principio, lo ignoró. Pensó que se trataba del murmullo natural del monte, de animales comunes o del ruido de su propia marcha. Pero los sonidos no cesaron. Por el contrario, se intensificaron.

Los crujidos entre los árboles se volvieron más frecuentes. A ellos se sumaron gruñidos graves, guturales, imposibles de atribuir con certeza a criatura conocida alguna. En más de una ocasión, Porfirio salió con el machete en mano, dispuesto a enfrentar aquello que lo hostigaba. Sin embargo, no había nada. Solo la oscuridad del bosque.
Así transcurrieron los días… y las noches.
Hasta que una madrugada, mientras descansaba en su cabaña, iluminada apenas por la tenue luz de una lámpara de petróleo, ocurrió lo impensable.
La puerta, entreabierta, dejó pasar algo más que el aire frío de la sierra.
Una mano.
Larga. Descomunal. Cubierta de un espeso pelaje negro.
Se deslizó lentamente por la rendija, como si tanteara el interior, como si buscara. No era humana. Tampoco completamente animal, o al menos no uno que Porfirio pudiera reconocer. Aquella extremidad, similar a la de un simio gigantesco, parecía pertenecer a una criatura de proporciones descomunales.
Porfirio quedo petrificado, inmóvil.
La mano se retiró con brusquedad, como sorprendida. Afuera, el silencio se rompió con el estruendo de zancadas pesadas que se alejaban entre los árboles.
Aquello que lo observaba… también lo evitaba.

Convencido de que algo lo acechaba desde la espesura, y temiendo que tarde o temprano aquel encuentro escalara a algo más siniestro, Porfirio abandonó el rancho y regresó a Xalapa. Pero lo que dejó atrás, al parecer, no lo dejó a él.
Porque aquello… lo siguió.
Instalado en la periferia de la ciudad, en una zona aún conectada con áreas boscosas, los sucesos terminaron… Por el momento.
Se cree —y aquí la hipótesis adquiere un matiz un tanto escalofriante— que este ser pudo haberlo seguido a través de un sistema cavernoso subterráneo, una red oculta bajo la tierra que conectaría regiones distantes. Una idea que, en otras circunstancias, parecería absurda… pero que, frente a estos hechos, resulta plausible.
El episodio culminante ocurrió tiempo después.
Una noche, la sobrina de Porfirio salió de su habitación rumbo al baño. Antes de llegar, un estruendo violento sacudió las láminas del techo. Algo había caído.
Un impacto.
Un peso.
Al asomarse, alcanzó a ver cómo una masa oscura —una bola compacta de pelo, de aproximadamente un metro de diámetro— caía dentro de una pileta de agua. El líquido se dispersó en todas direcciones.
El miedo la estremeció.

Regresó de inmediato por Porfirio, quien salió armado con su machete. Pero, una vez más, no había nada. Solo el agua esparcida, la lámina perforada… y un silencio casi sobrenatural.
La familia está convencida de que aquello que lo acechó en Las Vigas —ese simio, esa entidad, ese “pie grande” o lo que fuera— lo siguió hasta Xalapa con una extraña insistencia… como si sintiera curiosidad por él.
Como si lo hubiera elegido.
Artemisa Lazcano sostiene, además, la teoría de una interconexión cavernaria que habría permitido el desplazamiento de esta criatura a través de grandes distancias. Una hipótesis que, lejos de parecer descabellada, se vuelve aceptable cuando se contempla bajo la sombra de estos acontecimientos.
¿Acaso ese ser simiesco, esa presencia, siguió a Porfirio, como si existiera un vínculo inexplicable entre el hombre y la criatura?