En julio de 2001, la pequeña ciudad de Witten, en Alemania, se convirtió en el escenario de uno de los crímenes más perturbadores de la historia reciente europea. Los protagonistas fueron Manuela Ruda, de 23 años, y su esposo Daniel Ruda, de 26, una pareja obsesionada con el ocultismo, el vampirismo y el satanismo, quienes asesinaron brutalmente a uno de sus mejores amigos, convencidos de que estaban cumpliendo una orden de Satanás.
La historia comenzó cuando ambos se conocieron a través de un anuncio publicado por Daniel en una revista de música metal. El anuncio decía: “Vampiro busca princesa de la oscuridad que odie a todos ya todo”. La afinidad entre ambos fue inmediata, compartiendo fascinación por la cultura gótica, el vampirismo y las creencias satánicas. Con el tiempo desarrollaron una visión distorsionada de la realidad que los llevó a convencerse de que mantenían contacto directo con fuerzas demoníacas.
La víctima fue Frank Hackert, de 33 años, amigo cercano de la pareja y compañero de trabajo de Daniel. Según las investigaciones, Daniel afirmó haber recibido una visión relacionada con los números 666 y creyó que debía ofrecer un sacrificio humano a Satanás. Tras elegir a Frank como víctima, lo invitaron a su apartamento el 6 de julio de 2001 bajo el pretexto de una reunión amistosa.
Una vez en el lugar, Daniel atacó a Hackert por sorpresa golpeándolo en la cabeza con un martillo. Mientras la víctima luchaba por sobrevivir, Manuela tomó un cuchillo y comenzó a apuñalarlo. De acuerdo con los testimonios presentados durante el juicio, Frank recibió 66 puñaladas con diversas armas blancas. Posteriormente, la pareja grabó un pentagrama en el pecho del cadáver, símbolo asociado al satanismo, convencidos de que estaban realizando un ritual de sacrificio.
Tras el asesinato, los Ruda planearon suicidarse para reunirse con las fuerzas que creían servir, pero nunca llevaron a cabo su plan. Días después fueron detenidos por la policía tras una intensa búsqueda. Durante el juicio, ambos admitieron haber cometido el crimen, aunque insistieron en que no eran asesinos, sino instrumentos de Satanás. Los peritos psiquiátricos concluyeron que presentaban graves trastornos psicológicos y una percepción profundamente alterada de la realidad.
En 2002, un tribunal alemán condenó a Daniel Ruda a quince años de prisión y a Manuela Ruda a tres años, además de ordenar tratamiento psiquiátrico para ambos. El caso se convirtió en un referente internacional sobre los peligros de la obsesión extrema con ideologías destructivas, el fanatismo y las enfermedades mentales no tratadas. Más de dos décadas después, el llamado “Crimen Satánico de Witten” continúa siendo recordado como uno de los asesinatos rituales más escalofriantes de la historia criminal moderna.