Cosmogonía Aluxe

En la península de Yucatán persiste la creencia en los aluxes, pequeñas entidades espirituales que forman parte profunda de la cosmovisión maya. No son simples duendes del folclore: son seres creados, consagrados y “activados” mediante rituales antiguos, cuya existencia se sitúa en el límite entre lo visible y lo invisible.

Según la tradición oral, los aluxes son formados por los sacerdotes mayas conocidos como ishmenes (o j’menes), quienes modelan figurillas con lodo de cenote, al que se le mezcla sangre de jaguar o de algún otro animal. Esta mezcla no es casual: el cenote representa el inframundo y la sangre simboliza la fuerza vital.

Una vez creada la figura, el ishmen realiza un ritual de consagración a los cuatro vientos —los cuatro rumbos del universo maya—, invocando a los espíritus del aire. Se cree que un “viento malo”, una entidad errante del mundo espiritual, entra en la figurilla de barro y le da vida al alux.

Desde ese momento, el alux deja de ser un simple objeto: se convierte en un ser activo, capaz de moverse, vigilar, proteger y, si se le descuida, castigar.

Tradicionalmente, los aluxes son invocados para cuidar las zonas arqueológicas, la milpa, la casa, los animales y las propiedades. Se les considera guardianes del territorio y aliados invisibles del campesino.

A cambio de su protección, el alux debe ser atendido con ofrendas: 1) Miel, como alimento sagrado, 2) Zacá o zacab, una bebida fermentada de maíz, y 3) Comida sencilla colocada en pequeños altares o en los límites del terreno.

Mientras el pacto se mantiene, el alux protege, ahuyenta ladrones, extravía a los intrusos y cuida la cosecha. Pero la relación no es eterna. Se dice que los aluxes tienen una duración de siete años. Tras ese tiempo, el espíritu que habita la figura comienza a volverse inestable. Lo que antes protegía, ahora puede tornarse hostil.

Por ello, la tradición indica que, al cumplirse ese periodo, el alux debe ser capturado por los ishmenes y destruido mediante rituales específicos. No hacerlo implica un grave riesgo: el alux puede “volverse malo”, enfermar a las personas, causar dolores inexplicables o provocar padecimientos que no responden a la medicina común.

Muchos testimonios afirman que estos males se manifiestan como dolores repentinos, fiebres extrañas, diarreas persistentes o enfermedades sin causa aparente.

Cuando un alux se vuelve peligroso, los brujos o ishmenes preparan zacab con hojas especiales para atraerlo. Se dice que la bebida le provoca diarrea al alux, lo que permite a los hechiceros seguir su rastro, una huella imperceptible para el ojo común, pero reconocible para quienes conocen el monte y el lenguaje de los espíritus.

Una vez localizado, el alux es atrapado ritualmente y su figura de barro destruida, liberando —o dispersando— al espíritu que lo animaba.

Los aluxes son descritos como pequeños seres de entre 40 y 60 centímetros de altura, con apariencia de personas ancianas, vestidos con ropas de tela rústica o con hojas. Se les atribuye el poder de la invisibilidad, así como la capacidad de emitir risas, silbidos o ruidos en la noche. Su presencia se asocia con travesuras: mover objetos, extraviar cosas, espantar animales o confundir a los caminantes del monte.

En tiempos modernos, muchas personas que “heredaron” terrenos donde se creía que habitaban aluxes los han olvidado. Sin ofrendas, sin rituales y sin respeto, estas entidades —según la tradición— se tornan agresivas.

Incluso después de que la figura es destruida, se dice que el espíritu del aire que animaba al alux continúa rondando los lugares donde vivió, provocando travesuras o pequeñas desgracias.

Los aluxes no son simples personajes del folclore. Representan una forma ancestral de entender el mundo: un universo donde la naturaleza está habitada por entidades conscientes, donde el viento tiene espíritu y donde cada territorio posee guardianes invisibles. Olvidarlos no solo es romper una tradición, sino también romper el pacto simbólico entre el ser humano y la tierra que habita.

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