Una nave espacial hipotética y premiada podría ser la clave para que los humanos puedan colonizar mundos distantes.
Imagina subir a una nave espacial junto a otras 2400 personas para emprender un viaje de 400 años que te llevará a un destino situado a más de 40 billones de kilómetros de distancia.
Esta es la idea detrás de Chrysalis, una hipotética nave espacial diseñada para permitir a los humanos llegar a exoplanetas distantes y potencialmente habitables como Próxima Centauri b.
Olvídate de la animación suspendida o los viajes más rápidos que la luz: Chrysalis funcionaría albergando varias generaciones y una sociedad autónoma que tendría que perdurar durante siglos.
Cuando la nave finalmente llegara, quienes estuvieran a bordo serían los descendientes de quienes abordaron.
Las implicaciones morales son muchas. Imagine nacer en una de las generaciones intermedias, condenado a pasar toda su vida a bordo de una nave sin esperanza de ver la Tierra ni de vivir lo suficiente para llegar a su destino.
¿Podría mantenerse la cohesión social en tales circunstancias? ¿Podríamos asumir que varias generaciones cooperarán y aceptarán, sin elección, el destino que les tocó nacer?
¿Se uniría a una misión así sabiendo que su éxito depende completamente del compromiso total de sus hijos, nietos, bisnietos y más allá?
¿Y qué sucedería si, al llegar a Próxima Centauri b, resultara que el planeta no es apto para colonizar? ¿Y si se produjera una falla técnica crítica a mitad del viaje?
Los riesgos (y el compromiso) de unirse a una misión así son casi inimaginables.